Instinto

Lo intentamos inventando un caos en el que los dos nos pudiéramos encontrar. El pelo despeinado, los besos desordenados, las sábanas siempre del revés; la ropa sembrada por el suelo, sonrisas a destiempo y miradas distraídas para confundir. En ese caos encontrábamos nuestro orden, aunque no el equilibrio. El equilibrio lo perdíamos al primer roce, la piel que se negaba a aceptar ningún orden por más disfrazado de caos que estuviera, porque esa piel solo aceptaba una orden: la del instinto animal.

Laura Vélez

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