La calle Makedonías

Los días de viento me transportan a la calle Makedonías cuando venías por la noche a hurtadillas; nadie podía saberlo. Te metías en mi cama para quitarme el miedo al viento y yo contemplaba tu nariz y la sombra que proyectaba con la vela encendida. Así empezaba la noche, ese amor furtivo que entre susurros y jadeos prometía ser para siempre. Al amanecer te escabullías, desaparecías y yo me quedaba en la cama sin saber qué hacer, porque mi cabeza solo dormía sobre tu pecho y mis manos solo encontraban descanso en tu piel. Un cigarrillo. Y otro más mientras escuchaba el viento calmarse, ya casi sin miedo, hasta que la abuela Eva me llamaba para revisar juntas los daños en el patio. Las plantas por el suelo, los geranios destrozados por el viento que yo cambiaba por gardenias…

Laura Vélez

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