El SEO que domina el mundo

Los que escribimos textos en Internet llevamos intuyendo desde hace tiempo el nuevo orden mundial. El SEO domina tu vida, aunque no te des ni cuenta, aunque no sepas qué es el SEO.

Si no sabes lo que es el SEO, no te preocupes, que yo te lo contaré. Cuando empecé a escribir para revistas online, entendí a la primera que escribir en Internet no es lo mismo que escribir para ti, para una publicación en papel o para la revista de la Universidad. Más por intuición que por formación, comprendí que la escritura en Internet tiene algunas particularidades.

La primera particularidad es el párrafo. Se imponen los párrafos más cortos porque leer en una pantalla un párrafo largo te da una sensación de infinitud que es contraria a la naturaleza de Internet, a donde acudes precisamente por su inmediatez. Que el lector no vea el final del párrafo en su pantalla hará que piense que se va a eternizar leyendo ese artículo y lo más seguro es que abandone la página. Malo.

La segunda particularidad es el lenguaje. Más conciso y más sencillo. Cierto es que te puedes permitir algunos alardes de cultureta para darle un poco más de consistencia al texto, pero el lenguaje en Internet ha de ser asequible a cualquier nivel de comprensión. O casi a cualquiera. Porque el objetivo del texto es que llegue a todo el mundo. Si el lector cree que el lenguaje es demasiado técnico o incomprensible, abandonará la página. Malo.

La tercera particularidad es que no te puedes andar por las ramas, algo que a mí me encanta hacer, al menos en el primer párrafo. Ese primer párrafo corto y escrito en un lenguaje sencillo ha de contener la información esencial para el lector, es decir, aclararle sin divagaciones lo que se va a encontrar en los siguientes párrafos cortos. Si no se lo aclaras al principio, el lector abandonará la página. Malo.

Luego hay que tener en cuenta otros aspectos lógicos que varían según el tipo de texto que escribas. La fluidez, contrastar la información, información veraz, enlaces o links a otros artículos de interés, el tono, tener en cuenta al mayoritario público potencial y, por favor, que no se nos olvide: párrafos cortos.

Con todas estas instrucciones en mi mente, aún me quedaba una particularidad más de escribir en Internet, una en la que no cabe la intuición y que a veces se lleva mal con el resto de las premisas que necesita un texto para ser decente gramaticalmente hablando. Se trata del SEO. El caballo de batalla de todos los redactores y fuente inagotable de pesadillas.

Pero qué es el SEO

La Wikipedia nos arroja algo de luz sobre qué es exactamente el SEO (Search Engine Optimization): ‘El posicionamiento en buscadores, optimización en motores de búsqueda u optimización web es el proceso técnico mediante el cual se realizan cambios en la estructura e información de una página web, con el objetivo de mejorar la visibilidad de un sitio web en los resultados orgánicos de los diferentes buscadores. También es frecuente encontrar la denominación en inglés, search engine optimization, y especialmente sus iniciales SEO’.

Espero que haya quedado claro. Por si acaso no, SEO es todo ese trabajo entre bambalinas, en mente y en teclado, que hace que tu texto sea del gusto de Google y se adapte a la perfección a sus volubles criterios para un mejor posicionamiento. Ya hemos señalado que el fin último de un texto en Internet es que sea leído por el mayor número de personas posible y esto solo se consigue si el texto está bien posicionado, esto es, si aparece entre las primeras opciones cuando realizas una búsqueda en Internet. Que el texto además sea útil y esté bien escrito ya se considera un milagro. Aquí lo que importa es el posicionamiento.

Y para un SEO perfecto, el redactor debe intuir, conocer o buscar las palabras clave del texto, las keywords. Aquí es cuando cambia tu vida, la del redactor de forma consciente y la del lector de forma inconsciente. Las palabras clave adquieren una importancia tal en nuestras vidas que últimamente me he dado cuenta de que cada vez más gente habla en SEO o solo comprende si la hablas en SEO.

‘Hablar en SEO’ es acortar las frases, ser conciso, utilizar un lenguaje asequible al nivel cultural más bajo y, especialmente, introducir palabras clave. Porque no solo el lector, el oyente también se queda con las palabras clave. En un mundo donde estamos más pendientes del teléfono móvil que de nuestro interlocutor, las palabras clave son las únicas capaces de conseguir la atención.

Haz la prueba. Tú estás hablando, divagando como solías hacer en la era previa a Internet y la persona que está a tu lado asiente con la cabeza y hace como que te escucha mientras contesta un Whatsapp, pone tres ‘like’ en Facebook o sube a Instagram la foto de las cervezas que os estáis tomando. De pronto tú cambias el tono, acortas las frases y ¡zas! metes así como por casualidad una palabra clave, la que creas digna de interés para tu interlocutor. Y tu interlocutor levanta la vista de su Smartphone y te mira. Bravo. Has conseguido llamar su atención gracias a una palabra clave que ni siquiera venía a cuento en lo que estabas diciendo.

Pero ahí está, el poder de las palabras clave también en una conversación. Una vez que has conseguido la atención que mereces, ahora que ya tienes un buen posicionamiento, solo te queda mantenerla, no vaya a ser que tu interlocutor decida que lo que hablas no es de su interés y se busque otra página. Así que recuerda, frases cortas, palabras clave y no hagas pausas, que no tenemos tiempo que perder.

Laura Vélez

La crisis de los 40: ¿mito o realidad?

Circula una leyenda urbana acerca de la crisis de los 40 y no estamos seguros de si es mito o realidad. El debate sigue abierto y los investigadores siguen afanándose en encontrar una explicación. Y frente a la ambigüedad, los testimonios particulares y las experiencias personales avalan la existencia de una crisis vital alrededor de los 40 sin descartar la posibilidad de una crisis existencial permanente.

Poco antes de cumplir 40 años

Como nací en un frío mes de diciembre y como parte de mi actividad se desarrolla en las redes sociales, especialmente Facebook, tuve que asistir con desesperada curiosidad a la celebración del 40 cumpleaños de todos mis compañeros de colegio, instituto y universidad. Me lo tomé como un castigo del Karma como otro cualquiera hasta que tuve que empezar a tomármelo con lorazepán.

Durante meses asistí virtualmente a través de sus muros de Facebook a los fiestones que mis excompañeros se daban con motivo de su 40 cumpleaños. Me sorprendió que si bien otros años no necesariamente mencionaban en sus tartas el número de años vivido, en esta ocasión lo pregonaban con un orgullo que yo estaba lejos de sentir. 40. Cuarenta. Cuarentones. Cuartentañeros.

La angustia vital se iba apoderando de mí a medida que avanzaban los meses y se sucedían las fiestas de cumpleaños. Yo iba a ser la siguiente y el nudo en el estómago se hacía cada vez más grande. No es que tuviera pensado dejar de comer Nutella porque precisamente es una de mis mejores aliadas para combatir la angustia vital, pero el nudo me preocupaba y acudí al médico.

Por suerte el médico me conoce bien, algo que indica que el carácter de ese ‘por suerte’ es malo y me tranquilizó haciéndome ver que si yo siempre cumplía 19 años jamás sufriría la crisis de los 40. Igualmente me recetó lorazepán para calmar la angustia y flogoprofén para mis maltrechos músculos adolescentes. Me fui a casa tan contenta sintiéndome a salvo de la crisis de los 40 hasta que abrí el Facebook y me encontré con la enésima celebración de cumpleaños. Por favor, basta ya.

El día que cumplí 40 años

Con la madurez de una persona que todos los años cumple 19 sobrellevé la tormenta como pude hasta que llegó mi cumpleaños y lo dediqué a reflexión. Buceé en mi honestidad y me reconocí por unas horas que tenía 40 años, pero la náusea no me impidió seguir reflexionando y haciendo recuento. 40 años, dos carreras universitarias sin terminar, tres idiomas hablados a medias, solvencia económica para echarse a llorar, sin pareja y sin ganas de ella, sin hijos y sin ganas de ellos, sin haber plantado un árbol en toda la vida, el libro aún sin terminar…

Evidentemente estaba sufriendo una crisis. La temida crisis de los 40 llamaba a mi puerta y entraba sin esperar a que la abriera, así de maleducada es la crisis de los 40. Que tienes 40 años, señora, y ¿qué has conseguido en la vida? Nada. Entonces me di cuenta, entre bocado y bocado de tarta de Nutella, que tal vez no había conseguido lo que se esperaba de mí. Pero que en realidad lo tenía todo. Tenía 40 años a las espaldas llenos de experiencias, lugares y personas que valían mucho la pena. Tenía una pasión que supe convertir en medio de vida y, sobre todo, tenía toda la vida por delante para seguir viviéndola.

Laura Vélez

Comienza así

Espera. Antes de irte cuéntame otra vez aquella historia en la que tú y yo salíamos perdiendo. Cuéntamela aunque solo sea por quedarte unos minutos más, porque sé que no vas a volver. Quiero escucharlo otra vez, que no apuestas por mí, que nunca se te pasó por la cabeza hacerlo, que mejor que los buenos polvos no se conviertan en lodos y que yo, cuéntamelo con esa sonrisa condescendiente, tampoco es que hubiera apostado mucho por ti, que lo que pasa es que me dejo llevar por la fantasía. Me lo cuentas y ahora ya te puedes ir aunque me dejas con el corazón hecho pedazos, como esa copa de vino que acabo de destrozar contra la pared en cuanto has cerrado la puerta. Para no volver, eso lo sé sin que me lo cuentes ni una sola vez. O tal vez algún día. Pero será mejor que no.

Laura Vélez

La calle Makedonías

Los días de viento me transportan a la calle Makedonías cuando venías por la noche a hurtadillas; nadie podía saberlo. Te metías en mi cama para quitarme el miedo al viento y yo contemplaba tu nariz y la sombra que proyectaba con la vela encendida. Así empezaba la noche, ese amor furtivo que entre susurros y jadeos prometía ser para siempre. Al amanecer te escabullías, desaparecías y yo me quedaba en la cama sin saber qué hacer, porque mi cabeza solo dormía sobre tu pecho y mis manos solo encontraban descanso en tu piel. Un cigarrillo. Y otro más mientras escuchaba el viento calmarse, ya casi sin miedo, hasta que la abuela Eva me llamaba para revisar juntas los daños en el patio. Las plantas por el suelo, los geranios destrozados por el viento que yo cambiaba por gardenias…

Laura Vélez

El lazo dorado

Ella quería un lazo dorado. Lo quería desde hacía tiempo ya, desde que había conseguido recuperar sus sueños. Él le preguntó qué quería de regalo.

-Quiero un lazo dorado.

Pero a él no le pareció suficiente para un regalo. Le pareció una tontería porque ella se merecía más. Por eso decidió bajarle la luna y las estrellas sin tener en cuenta que ella ya había tocado la luna muchas veces estando sola. O que también había recolectado estrellas unas cuantas veces para contemplar su luz y luego volverlas a lanzar al cielo.

Él no se dio ni cuenta, que ella lo tenía ya todo y que solo quería un lazo dorado para envolver sus sueños y sus regalos. Ella podía comprar un lazo dorado y hacerlo sola, pero esta vez quería envolver sueños con él. Su regalo no era el lazo dorado, pero él no supo entender.

Laura Vélez